Hace unas semanas leíamos la agridulce noticia de que The Newsroom, la serie emitida por HBO, había sido renovada por una tercera temporada. Agridulce porque en dicha noticia también se informaba de que la tercera sería la última. Parece que el estilo sermón y el «somos muy inteligentes y por eso hablamos muy rápido» marca de la casa Sorkin no ha cuajado entre el público estadounidense. Y ello a pesar de que a diferencia del presidente Bartlet interpretado por Martin Sheen, el Will McAvoy de Jeff Daniels se declaraba republicano, quizás en un intento (poco creíble, todo sea dicho) de pescar en ambas orillas.

La comparación con Jed Bartlet no es gratuita, ya que a mi entender, The Newsroom contaba con todos los vicios (los personajes femeninos insufribles, el sermoneo, el patrioterismo naïf…luego ahondaremos en esto) de la grandiosa The West Wing, pero amplificados, y pocos de los aciertos de ésta.

No se me entienda mal: he disfrutado mucho con The Newsroom. El final de la primera temporada me conmovió, con el «You do» de Will a la misma chica estúpida que al principio de la misma temporada protagoniza un gran inicio de serie, digno de estar entre lo mejor de Sorkin. La segunda temporada empezó flojeando un poco pero luego remontó y el final, a pesar de las acertadas acusaciones de cursilería y de sobrevenir demasiado pronto, me dejó satisfecho.

Tanto The Newsroom como The West Wing parten de la misma premisa: en un entorno donde todos los políticos y periodistas son (o parecen ser) corruptos, pendientes sólo de su propio beneficio, indolentes ante la indignante desviación de la que debería ser su conducta, ¿qué pasaría si llegase a la Casa Blanca un presidente erudito, deliciosamente pedante, premio Nobel de Economía, con un equipo de gente inteligente con el objetivo de fomentar un nuevo tipo de política: franca, abierta, tolerante, con el objetivo que todo político debería tener, mejorar la vida de todas las personas? ¿O si apareciese un equipo de redacción con la «misión de civilizar», que quisieran alzarse por encima del ruido de las noticias distorsionadas, tendenciosas o triviales, comandados por un presentador que fue fiscal, que está dispuesto a desmontar al Tea Party a pesar de (o precisamente por) ser él mismo un republicano? ¿Qué problemas se encontrarían? ¿Lograrían sus objetivos o diversos factores como la autoindulgencia, la inercia del resto de su gremio, el difícil equilibrio entre lo que quieren hacer y lo que pueden hacer si desean conservar su trabajo?

The West Wing hacía esto de forma magistral: a pesar de ser a veces un poco condescendiente con el espectador (no olvidemos su matiz eminentemente didáctico) no aspiraba a darnos todas las respuestas: simplemente a hacer las preguntas adecuadas. Por mucho que le doliera a Toby Ziegler o a Sam Seaborn (los personajes más idealistas, aunque el primero lo ocultara muy eficazmente bajo todas esas capas de sarcasmo y desdén) la Admnistración Bartlet nunca conseguía resolver el problema de las drogas, o de la pena de muerte, o de las armas, por nombrar tres temas recurrentes en la serie. No aspiraba a darnos las respuestas, como decía, pero sí que nos hacía las preguntas adecuadas, a pensar y a tomar partido, y ese no es logro pequeño. Algunos pueden decir que el que los personajes no se pusieran a cambiar estas cosas, sino que simplemente se quejasen un poco y luego lo dejaran estar, es una prueba de que Sorkin carecía de agallas para cuestionar el status quo americano (y en algunos casos, como argumentaré más adelante, tienen razón). No estoy de acuerdo. Cuando se pasaban un capítulo entero discutiendo un tema, presentando todos los argumentos a favor y en contra, (de forma más o menos creíble, pero eso no es enteramente culpa de Sorkin: hay posturas que son casi indefendibles) pero al final los protagonistas se veían sobrepasados por las circunstancias y por la gran dificultad de remar a contracorriente, quiero creer que Sorkin estaba tratando de transmitirnos una moraleja: no podemos echar la culpa de todos nuestros problemas a los políticos, como si nosotros no tuviéramos parte en lo que nos acontece, ya que incluso en el improbable caso de que nuestros políticos fueran totalmente honrados y bienintencionados, no podrían cambiar la sociedad si la sociedad no se cambia a si misma primero.

Ahí es donde para mí reside el gran valor de The West Wing. La tragedia de capítulos excelentes como «The Women of Qumar», con una CJ al borde de las lágrimas por la impotencia que le produce ver como EEUU vende armas a un país que ejecuta a las mujeres por adulterio es mucho más estimulante, induce más al activismo y a la protesta que un inverosímil final feliz en el que el Presidente prohíbe comerciar con cualquier país que se porte mal.

Y por eso le perdono a esta serie cualquier cosa. Pero, ay, The Newsroom no cuenta con esas bondades que atenúen los mismos fallos que arrastra Sorkin desde siempre.

¿Qué fallos son estos? Empecemos por el más obvio y criticado por distintos analistas: la incapacidad (o falta de voluntad) de Sorkin para construir personajes femeninos interesantes, que no sean copia de un mismo patrón.

Esto se vislumbraba en The West Wing. Sólo había una mujer en todo el equipo, CJ Cregg. Las otras mujeres que alguna vez formaron parte del elenco principal (sin contar a las secretarias) desaparecieron misteriosamente, como Mandy, o sólo sirven como cabeza de turco para mostrar lo malos que son los republicanos, como Ainsley (aunque las discusiones de esta última con Sam suelen ser divertidas). Tampoco era casualidad que la «audience surrogate» de la serie (la representante del espectador) fuera una mujer tonta y que sus preguntas infantiles, sobre todo cuando el tema estaba relacionado con «sus impuestos», sólo obtuviesen respuestas condescendientes. Hablo, por supuesto, de Donna, cuya trama más interesante en tres temporadas fue anunciada por la actriz que la interpreta como «¡Y yo me consigo un novio!» al principio del especial «Isaac and Ishmael». Pero creo que en general, este tema no está mal llevado del todo, y hay bastantes capítulos que giran en torno a alguna reivindicación feminista, incluyendo la constatación de la gran desigualdad en la plantilla de la Casa Blanca.

Pero en The Newsroom esto es llevado al extremo. Me atrevo a decir que no hay ningún personaje femenino de esta serie que no esté completamente desquiciado, lleno de neuras, inseguridades y complejos, y que no necesite un sermón de parte de uno de los ácidos, ingeniosos y geniales hombres del equipo. Incluso McKenzie, que en la primera temporada era el mejor personaje, devino en la segunda temporada en otra mujercita nerviosa y compulsiva necesitada de un hombre que la equilibrase (cosa que al final, por supuesto, consigue: estamos en América). Ignoro si esto fue porque hacía falta un poco de humor en la serie (y qué mejor forma de conseguirlo para Sorkin que a costa de una mujer) o un poco más de tensión sexual. Nótese que me abstengo de hablar del horrendo triángulo amoroso entre Maggie, Jim y Don (aunque a favor de este último tengo que romper una lanza por cómo pasó de ser el personaje más odiado al más querido de la primera temporada a la segunda, al menos para mí). O debería decir cuarteto, dada la adición de Sloan. Porque como decía antes, estamos en América, y no podemos consentir que un solo miembro de la plantilla quede soltero a no ser que hablemos, claro, del informático indio.

Podría seguir con este tema durante páginas y páginas, pero hay personas que han hablado de ello mucho mejor que yo aquí o aquí.

El otro problema que mencioné al principio de este artículo es el patrioterismo naïf. Obviamente sería yo el naïf si pensara realmente que este patrioterismo obedece a una ingenuidad y no a un plan bien trazado. Que Sorkin participe de él consciente o inconscientemente es una duda cuya resolución dejaremos para otra ocasión.

De nuevo, es un tema que ya se veía en The West Wing, con ejemplos como el penoso especial «Isaac and Ishmael», ya mencionado anteriormente, o los brotes psicótico-imperialistas de Toby. Pero lo peor viene, como en el anterior caso, en The Newsroom. Lo que quiero resaltar aquí es cómo unas personas que podríamos considerar entre la élite intelectual de su país, cultos, informados, racionales y perspicaces parecen adormecer todo su sentido crítico cuando se enfrentan a ciertas cuestiones nacionalistas. Hay dos ejemplos muy claros. El primero es el capítulo del asesinato de Bin Laden, en el que sólo se dedican a celebrar y a emocionarse profundamente, a la autoexaltación de la patria y de lo mucho que mola que por fin consigan venganza. No es que esperase que llorasen la muerte de un asesino despreciable como el líder de Al Qaeda, pero lo incomprensible es que no compartiesen las críticas que hicieron muchos medios de comunicación y organizaciones de derechos humanos externas: el que a Bin Laden se le hubiera dado caza y arrojado al mar en una operación relámpago, en vez de haber intentado capturarlo y llevarlo ante la justicia internacional. No se dijo ni una sola palabra de esta perspectiva. No cabía en la celebración del orgullo nacional.

El segundo ejemplo es todo el asunto de la Operación Genoa. De nuevo me resulta incomprensible la incredulidad de todos los miembros del equipo, incluidos los más cínicos como Don, ante la posibilidad de que EEUU haya cometido un crimen de guerra. Es irrisorio como no les entra en la cabeza, no lo conciben. Jim dice que tiene confianza en los soldados americanos. El punto de vista de Jerry Dantana sobre la actuación de Estados Unidos en el exterior, que a mi modo de ver es el más acertado, se ridiculiza y desprecia al transmitirse a través de un personaje que se convierte en el malo absoluto de la serie. Esos adultos con estudios en universidades de prestigio, hombres y mujeres de mundo, que están ya a vueltas de todo, se transforman por un momento en infantiles súbditos que se niegan a creer cualquier cosa mala que se diga sobre su amado país.

Antes he dicho que The West Wing era tan buena e ilustrativa por plantear las preguntas adecuadas pero no responderlas. Pero mostrar a periodistas y políticos inusitadamente lúcidos sobre los problemas de su país, que opinan y critican tantos temas diversos, desde las estrategias de las campañas primarias al consumo de marihuana, la proyección de Mercator o el uso de los centavos, pero que se niegan siquiera a cuestionarse las grandes sombras de su país, como la política exterior o la pena de muerte, no ayuda a concienciar al público. Si hasta estas personas, que están en la cumbre de la rectitud, la sagacidad y la inteligencia, dan estas cosas por sentadas, ¿por qué no iba a darlas el resto de la gente?