Hace una semana la Conferencia Episcopal Española (CEE) emitió un comunicado a raíz de la votación a la que sometió el Congreso de los Diputados la propuesta de reprobación de las palabras que el Papa Benedicto XVI dijo sobre el preservativo en su visita a África en el pasado mes de marzo; formulada por el grupo parlamentario IU-ICV. Dicha votación sólo logró el voto de la propia IU-ICV, los demás grupos votaron en contra, excepto el PSOE, que se abstuvo (¿?). Luego pasaremos a comentar el resultado de la votación y el comunicado de la CEE, a cual más esperpéntico. Las palabras del Sumo Pontífice en cuestión fueron estas, entre otras :

[el SIDA] “no se puede superar con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan los problemas”.

Está claro que lo que dijo fue una gran irresponsabilidad, y más aún teniendo en cuenta la influencia sobre millones de personas que tiene el Papa, personas que en África, desgraciadamente, carecen de cultura y de educación, y que por lo tanto se creerán a pies juntillas lo que diga la jerarquía eclesiástica, en la cual confían.

Está científicamente demostrado que el preservativo es un método de barrera que frena el virus y previene el contagio, y que por tanto salva vidas. El Fondo Mundial de la Lucha contra el Sida y revistas médicas tan prestigiosas como The Lancet reprocharon las palabras de Benedicto XVI, calificándolas de “palabras inaceptables” y pidieron “que esas palabras sean retiradas, y en modo claro”.

Por lo tanto, y merced a claras evidencias científicas, se puede afirmar sin ningún atisbo de duda que el Papa mintió. Si lo hizo por desconocimiento, mal, porque es de una irresponsabilidad terrible que una persona a la que tanta gente escucha hable de temas tan delicados sin informarse primero; y si lo hizo a sabiendas y simplemente para defender sus absurdos dogmas de que el preservativo es un atentado contra la vida y el amor cristiano, mucho peor, ya que en realidad demuestra que le dan igual las vidas de la gente que seguro le hará caso y se arriesgará a morir con la esperanza de ir al cielo.

Es infantil e ingenuo (como se podría esperar de alguien sin experiencia sexual alguna) pretender que todos los africanos practiquen la abstinencia y la fidelidad en el matrimonio. Si la gente fuera a hacer caso de eso, no se habría propagado el SIDA porque nadie habría sido promiscuo. Pero la realidad es que la mayoría de las personas practica sexo con varias parejas a lo largo de su vida, que en los matrimonios con las esposas más fieles hay hombres que se van de putas, etc. Por lo tanto lo que hay que hacer ahora es dejarse de recomendaciones irreales y usar los métodos que propone la ciencia. Y recordemos que el preservativo sólo falla cuando la gente no lo usa bien, el instrumento en sí es infalible (a menos que venga con un defecto de fábrica, pero los controles son exhaustivos).

Es totalmente lógico, entonces, que los parlamentos de los países democráticos y desarrollados expresen su reprobación, como de hecho la expresaron Francia y Alemania, habiendo pasado menos de un día desde que el Papa pronunció sus lúcidas palabras. El máximo dirigente de la religión mayoritaria en el mundo no puede expresar tan alegre e irresponsablemente un desconocimiento tal en materias de las que dependen la vida de millones de personas. Y para cualquier persona con un mínimo de entendimiento queda claro que al reprobar esto no se ataca a una persona, ni a la religión entera, ni al conjunto de los creyentes, ni a la libertad religiosa; sino solamente se denuncia la falsedad de dichas afirmaciones y se hace notar la preocupación de los gobiernos democráticos ante tal despropósito. Por lo tanto y tratándose de una afirmación cuya falsedad es innegable, lo lógico es que no quepa resquicio para dudar si reprobarla o no, ya que afecta a la vida de las personas, y se trata no de una cuestión ideológica o de opiniones, sino de hechos científicos.

Dicho esto, nos sorprende sobremanera que el Parlamento haya rechazado reprobar estas palabras. No nos sorprende tanto que el Partido Popular (PP) haya votado en contra ( no porque sea lo propio de un partido de derechas, sino porque ya nos tienen acostumbrados a tales desmanes y a su tradicional lamida de culos obispales), como que el Partido Socialista (PSOE)
se haya abstenido después de que el Gobierno emitiera en su día un comunicado su preocupación ante las afirmaciones del Papa y el Ministerio de Sanidad anunciara el envío de más preservativos al Tercer Mundo.
Y nos sorprende porque aprobar la reprobación no es una cuestión de si se es católico o no, o de si se tiene más o menos sintonía con la Iglesia Católica, sino de si se es lo suficientemente culto como para saber que la ciencia se basa en comprobaciones empíricas, y no en antiguos libros de mitología. Nos preguntamos: ¿qué lleva al PP a votar en contra y al PSOE a abstenerse? Sólo caben estas opciones:
1- Que piensen que la ciencia miente y que por lo tanto el Sumo Pontífice lleva razón.
2- Que les dé igual la vida de las personas afectadas o en riesgo y que hagan eso sólo por seguir siendo unos buenos lacayos del Vaticano, no atreviéndose ni a negar algo que es de perogrullo.

Ambas motivaciones son intolerables. Lo que pasa es que nuestros politicuchos son tan catetos que piensan que esto se trata de un ataque personal al Papa, o de un atentado contra las instituciones eclesiásticas, cuando de lo que se trata es simplemente de expresar el rechazo de la sociedad española (en tanto que el Congreso de los Diputados es el órgano representativo de los ciudadanos y nada más) a la negación irresponsable de hechos que están probados fuera de toda duda. Suspenso, de nuevo, para nuestros políticos, excepto los de IU-ICV.

Pasemos a comentar el “divertido” comunicado de la CEE. Nos hace mucha gracia (reímos por no llorar) todas las memeces que contiene. Recalquemos algunas:

lamentamos profundamente que en su día se haya admitido a trámite y que hoy se haya votado en Comisión parlamentaria una reprobación de las palabras y de la actuación de Su Santidad el Papa Benedicto XVI. Con tales acciones el Parlamento pone en peligro el principio de la libertad religiosa.

Atentar contra la libertad es obligar a alguien o a un grupo de personas a hacer algo en contra de su voluntad. Expresando el malestar de España ante las afirmaciones de Benedicto XVI no se está haciendo nada de eso. Nadie obliga a nadie a abjurar de sus creencias o a tener que dar misa en un garaje clandestino.

En efecto, la justa distinción entre Estado y sociedad y, más en concreto, entre Estado e Iglesia y entre el orden político y el orden moral, exige que las instituciones del Estado se abstengan de intervenir en el libre desarrollo de las instituciones religiosas, y en nuestro caso, de la Iglesia Católica, mientras no esté probado que atenten contra el orden público. Tratar de interferir por medio de reprobaciones políticas parlamentarias en la guía moral que el Papa ejerce en la Iglesia mediante su Magisterio ordinario, contradice seriamente el principio de no intervención y lesiona el derecho de libertad religiosa.

Igual que la Iglesia puede expresar libremente su opinión sobre lo que hace el Estado o la sociedad, y dar sus “recomendaciones morales” (que lo hace todo el rato) y quejarse inmediatamente si alguien les echa en cara que den su opinión o se metan en asuntos que son meramente civiles y nada tienen que ver con temas religiosos, enarbolando como bandera su libertad religiosa, deben aceptar las críticas que pueda hacer la sociedad y el Estado respecto a lo que ellos hagan, sobre todo teniendo en cuenta lo que ya hemos dicho varias veces, que no es un tema exclusivamente religioso, sino que tiene que ver con la salud de muchas personas y con la veracidad (que tendría que ser indiscutible si vivieramos en un país moderno) de la ciencia; críticas que no son al conjunto de la Iglesia, ni a los creyentes, ni al Papa en general, sino a unas palabras dichas en un momento determinado.

Es muy divertido como la Iglesia hace gala de una doble moral tan evidente: “Me manifiesto contra el matrimonio homosexual porque va en contra de la Biblia, aunque sea algo totalmente civil, pero si alguien me echa eso en cara (que no tiene nada que ver con mi iglesia) digo que estoy ejerciendo mi derecho como ciudadano a opinar y ejercer mi libertad religiosa (que por supuesto implica darle lecciones morales al resto de los ciudadanos, sean creyentes o no); pero si el Parlamento vota una propuesta para hacer una reprobación que no es ni una lección moral ni una opinión sino algo relacionado con hechos científicos objetivamente innegables, digo que están atentando contra mi libertad religiosa y pongo el grito en el cielo, usando grandes palabras como separación entre moral y política y entre Iglesia y Estado, cosas que yo siempre me he pasado por el forro”