La decepción es máxima, y no hay nada que se pueda decir para aliviarla. Se llegaba al final de la campaña con una sensación de encrucijada histórica: la izquierda por fin unida (con lo que costó) y con los mejores pronósticos de su historia, con figuras emblemáticas como Monereo, Cañamero o Colau a la cabeza, Alberto Garzón de coordinador federal de IU, la sensación de que justo después del traumático Brexit iba a llegar España como última esperanza a salvar Europa de las garras del neoliberalismo y la xenofobia. Parecía que las piezas por fin estaban encajando en su lugar y que 5 años después culminaba el recorrido de cambio político que empezó el 15M. Y nos iba la vida en ello, tras cuatro años nefastos de gobierno de Rajoy que hacían totalmente insoportable la idea de seguir ni un día más así. Pero la política no entiende de destinos estéticos, y parece que nos hemos vuelto a chocar con un muro inamovible.

Pero no podemos permitirnos parar. Yo, cuando anoche volvía a casa después de seguir los resultados electorales con unos amigos, rompía el silencio en el que íbamos andando cabizbajos diciendo que ya no tenía fuerzas para luchar, que parecía que estos años (todos los años de mi madurez política) que venía yendo a manifestaciones, organizándome, convenciendo a quien pudiera, y también informándome y escribiendo, habían sido una pérdida de tiempo, que si no habíamos ganado ahora era casi imposible ganar en el futuro, que no se podía cambiar un país si su gente no quería. Y ahora, unas horas después de eso, me parecen unas palabras totalmente ridículas. Nos equivocamos si nos centramos en insultar a nuestros conciudadanos que han votado distinto y nos equivocamos también si perdemos la esperanza. Lo que deberíamos extraer de que a pesar de toda la ponzoña del PP hayan aumentado sus apoyos no es que todos sean idiotas menos nosotros, sino darnos cuenta de lo formidable que es el enemigo y la verdadera envergadura del desafío.

       Una causa que se está dispuesto a abandonar a la primera o a la segunda derrota es una causa por la que no merece luchar.

La característica vencedora de la izquierda no es la fuerza bruta, sino la resiliencia y la inteligencia estratégica. A fuerza bruta no podemos ganarles a la primera porque partimos de una asimetría gigantesca, pero poco a poco y tomando las decisiones adecuadas podemos ganar, porque tenemos la convicción y el imperativo moral de luchar por un cambio de régimen. Una causa que se está dispuesto a abandonar a la primera o a la segunda derrota es una causa por la que no merece luchar. Y no creo que sea el caso. Esto es, como decía, una inmensa decepción, pero el hecho de que Unidos Podemos mantenga el número de escaños después de una campaña que ha estado absolutamente centrada en el miedo a los comunistas comeniños instigado desde todos los grandes medios de comunicación y otras empresas del país, frente a un PSOE que no para de batir récords de peor resultado de su historia y para el cual quedar por delante de UP es la máxima victoria a la que puede aspirar, no es un logro menor (dicho de otra forma, es un logro mayor, que diría Mariano).

Hemos sido víctimas de nuestras propias expectativas, y de esas encuestas engañosas que nos hacían creer que la partida ya estaba ganada. No podemos saber si el pronóstico de esas encuestas se debió al famoso “voto oculto” del PP (y también del PSOE), de que los ex votantes socialistas se movilizaron en el último momento, o de alguna treta de los medios de comunicación para movilizar al votante de derecha temeroso de los peligrosos bolivarianos y hacerlo volver al confortable redil del PP desde Ciudadanos o la abstención. Pero no podemos cometer el mismo error dos veces. Las encuestas empañaron nuestro juicio durante la campaña, el no haber llegado a lo que estas pronosticaban no puede volverlo a empañarlo ahora, en el momento más difícil. Debemos reconocer lo logrado —la consolidación de un espacio político amplio—; las dificultades que se avecinan — otros cuatro años de Rajoy y sus recortes, represión e infamia, la atenuación del empuje de partido nuevo (se pasa de un sprint a una maratón) y la abundancia de voces que sentenciarán que la unidad popular ha restado en vez de multiplicar—; y las oportunidades que podemos aprovechar —un parlamento que va a necesitar del acuerdo constante y en el que Unidos Podemos será la única fuerza nítidamente de izquierdas, frente a un PSOE desorientado y que pronto estará sumido en luchas fraticidas, la experiencia de IU precisamente en la actividad parlamentaria y en la política de largo plazo—; y actuar en consecuencia.

Aunque sea tentador pensar: “este país no merece la pena, la gente es inculta y estúpida y no quiere cambiar, me mudo a Islandia” (yo lo hice ayer), hoy, un día después cada uno tenemos que decidir si eso fue sólo un exabrupto de ira o el análisis que queremos hacer. Yo creo que como análisis no vale gran cosa. Decir: “hemos perdido porque la gente es tonta” es inútil: no podemos ignorar que son las condiciones de partida y que no podemos esperar a que cambien, sino que la única forma es seguir trabajando para vencerlas. No se puede esperar que después de décadas de desideologización, alienación y desorganización los españoles sepan resistir perfectamente a la manipulación del régimen.

Con todo, creo que la confluencia fue la mejor estrategia. Pero como decía Anguita hoy quizás esta fuera demasiado joven como para que se vieran sus frutos. Y estoy seguro de que sin IU y su militancia organizada y bien asentada por todo el territorio, no sólo en las grandes ciudades, el descalabro hubiera sido mucho peor. A pesar de que los otros tres grandes partidos se unieron contra nosotros en un bombardeo constante, se han mantenido los resultados de diciembre. El gran problema de Unidos Podemos ha sido la abstención. Si miramos los números parece bastante posible que casi todo el millón de votantes que se ha perdido de diciembre a junio haya ido a la abstención, acompañado (en mucha menor medida) de voto del PSOE. Los socialistas han mantenido su resultado casi intacto. Y eso ha sido a fuerza de movilizar a su electorado mediante el miedo a la desaparición del partido y la llegada de los radicales, e incidiendo una y otra vez en que la culpa de que no hubiera ya un gobierno progresista era de Podemos. El PP ha mejorado su resultado aglutinando el voto de Ciudadanos y abstención de diciembre como frente “moderado” ante Unidos Podemos. Aquí parece que la estrategia de Rajoy y Moragas de polarizar la campaña entre Unidos Podemos y el PP (centrando los ataques en ellos, negándose a un debate a dos que legitimara a Sánchez como líder de la oposición, etc.) ha sido un éxito total. Es mucho más fácil movilizar al electorado ante el peligro del comunismo llegando a la Moncloa que ante la posibilidad de que el PSOE de toda la vida vuelva a alternarse con los populares.

      Hay que ahondar la brecha entre el régimen y nosotros, de forma que cuando la gente busque una alternativa a los nuevos años de terror neoliberal que se nos vienen encima, sólo vean una salida clara, en vez de dejarse otra vez arrastrar a la trampa del PSOE o de Ciudadanos.

Por lo tanto, parece que el principal causante de que no hayamos obtenido un mejor resultado es la desmovilización del electorado de izquierdas. Eso puede tener que ver con que muchas personas están hastiadas después de no ver un cambio inmediato tras las elecciones de diciembre, y pueden tener la impresión de que es muy difícil cambiar las cosas mediante la política. También habrá votantes que hayan pasado de Podemos al PSOE por discrepar con el veto de los primeros al gobierno de los segundos con Ciudadanos, o porque no les guste el perfil bronco de Iglesias (por mucho que este haya tratado de moderarlo durante la campaña). Pero sobre todo, yo creo que la razón apunta a una campaña en la que se ha querido tener un tono “presidencialista”, de mantener lo ya conseguido en vez de tratar de obtener más (como explicaba Iglesias en esta entrevista), frente a la campaña de “remontada” de diciembre. Se ha evitado cualquier ataque al PSOE mientras se aguantaban estoicamente todas las mentiras y manipulaciones que venían del lado contrario. Hemos tratado de “mantener” unos resultados que no teníamos, que simplemente eran el canto de sirena de las encuestas. Como decía Monedero esta mañana (imprescindible lectura) no se puede ganar sin arriesgar, sin posicionarse, tratando de gustarle a todos y sin explicar por qué eres mejor que la alternativa. Seguramente pronto empezaremos a escuchar que el camino es moderarse aún más, que el ser demasiado radicales o el haberse aliado con los comunistas es lo que ha causado la derrota de Unidos Podemos. Eso es un error. Hay que ir en el lado contrario. Siempre vamos a tener el ataque frontal y total de los partidos del régimen, por lo que tratar de parecerse a ellos para no perder más votos sólo lleva a la insignificancia, que es el camino por el que ya va Ciudadanos. Hay que ahondar la brecha entre el régimen y nosotros, de forma que cuando la gente busque una alternativa a los nuevos años de terror neoliberal que se nos vienen encima, sólo vean una salida clara, en vez de dejarse otra vez arrastrar a la trampa del PSOE o de Ciudadanos. Ahora que el eje nuevo-viejo ya está diluido, y que la gente no parece saber si está arriba o abajo, más izquierda es la solución. Y pedagogía, sobre todo mucha pedagogía, sin tratar a las personas que no votaron como nosotros como si fueran tontas. El fallo ha sido tanto suyo como nuestro.

A la gente que creemos que una sociedad mejor es posible, no nos queda otra sino seguir luchando. Nos vemos en la próxima.