Hoy voy a hablar de mi experiencia con Linux. Todo empezó hace no mucho, en abril de 2013. Mi ordenador estaba lleno de basura e iba muy lento, así que decidí tomar el camino radical: respaldar los archivos importantes, formatear el disco duro por completo y reinstalar el sistema operativo que usaba entonces y con el cual estaba muy contento: Windows 7. En ese momento yo tenía todos los prejuicios típicos contra Linux: que era muy feo, que no servía para nada porque muchos programas de Windows no estaban disponibles para Linux, que era sólo una cosa de informáticos frikis para los cuales el software libre era una religión y que despreciaban a todo el mundo que usara “el sistema operativo para tontos” (esto es, el 99% de los usuarios) en vez de su sacrosanto Linuuuuuuuuuuuux.

Pero, no sé muy bien por qué, empecé a curiosear sobre Linux y, en concreto, sobre Ubuntu, la distribución más famosa y la que suelen escoger los principiantes. Lo que vi me llamó la atención, esa idea de un sistema operativo libre, hecho para ser compartido por cualquier ser humano sin tener que pagar nada.


Además, la página de Ubuntu está muy bien diseñada, lo cual le sumó muchos puntos. Esto puede parecer una razón muy superficial para tomar decisiones, pero para mí el diseño es una parte fundamental de nuestra relación con los objetos, y muy especialmente con la informática. Es la razón de que Apple triunfe. Y fue el primer prejuicio que perdí: el de que Linux era feo porque lo fabricaban informáticos que despreciaban el diseño porque a ellos les bastaba con una consola. 


Aunque no soy informático, me divierto mucho trasteando con mi ordenador, probando programas, haciendo mis pinitos con la programación, estando al tanto de las noticias tecnológicas… Y en parte por eso, en parte porque pensé: «basta de tener prejuicios, voy a probar esto para poder despreciarlo con motivos», decidí instalarme Ubuntu 12.10 en vez de Windows 7 de nuevo. Me propuse usarlo exclusivamente al menos durante un mes, y después valorar si seguía con él o volvía a Windows.
Pero antes de seguir, clarifiquemos unos cuantos conceptos:
  • ¿Qué es Linux?
    • Propiamente dicho, el nombre Linux designa al núcleo de sistema operativo (la parte central de dicho sistema) libre y basado en Unix, creado por Linus Torvalds en 1991. Este núcleo se usa en combinación con el software de la fundación GNU para dar lugar a múltiples sistemas operativos llamados distribuciones. Coloquialmente se usa el término Linux para referirse tanto al núcleo como a cualquier sistema operativo basado en Linux+GNU, aunque hay una gran controversia entre los partidarios de decir “Linux” a secas y los de decir “GNU/Linux”.
  • ¿Qué es una distribución de Linux?
    • Es un sistema operativo basado en el núcleo Linux con una colección de programas de serie. Cada distribución está pensada para unas necesidades concretas, por lo que los programas incluidos en cada distribución dependerán de dichas necesidades. Normalmente incluyen también software de GNU y la mayoría de las veces el software es libre. Las distribuciones de Linux de propósito general más populares serían Ubuntu, Fedora, Debian y Linux Mint.
  • ¿Qué significa “software libre”?
    • Es un software que puede ser estudiado (código fuente), modificado, copiado y distribuido sin límites por los usuarios que lo adquieran. A pesar de que la mayoría de veces el software libre sea gratis, no hay que confundir ambas cosas: un programa libre puede ser vendido por sus desarrolladores y un programa gratis puede no permitir a sus usuarios el estudio de su código fuente o la libre distribución a otras personas. En inglés, al significar “free” tanto “gratis” como “libre”, muchas veces se resuelve este equívoco con el término “libre software” (en español en el original).
Después de clarificar estos puntos sigamos con mi odisea. Me instalé, como iba diciendo, Ubuntu, decidido a usarlo durante un mes. Aunque durante las primeras semanas tuve algunos problemas que me hicieron reinstalar varias veces el sistema operativo, la instalación de Ubuntu no es difícil para un usuario sin muchos conocimientos técnicos, simplemente hay que seguir las instrucciones con atención. También he de decir, para los que se hayan asustado con lo de tener que reinstalar varias veces Ubuntu, que instalarlo me pareció más sencillo que instalar Windows 7, lo cual tuve que hacer posteriormente.

Y la verdad es que no tuve que contar esos treinta días que me puse de mínimo, ya que desde el principio me gustó bastante más que Windows. Era mucho más bonito y rápido. Yo era más eficiente trabajando con él. La terminal, a la que muchos temen, permitía instalar programas con sólo escribir una frase mágica: nada de bucear entre un montón de webs buscando el programa adecuado, bajártelo, pasar por un montón de menús tratando de esquivar la instalación de adware, buscar un crack/keygen que funcionase…y sobre todo, nada de pagar y de publicidad.

Como he comentado, tuve problemas, sí. Programas que están demasiado verdes, controladores que no funcionan (porque los fabricantes no los hacen para Linux y es la comunidad la que tiene que hacerlos mediante «ingeniería inversa») pero la solución me la dio otra de las mejores cosas de todo el universo libre: la comunidad. Para Linux, y especialmente para Ubuntu, hay miles de blogs y foros donde la solución a todos los problemas comunes que se pueden tener usando el sistema operativo está ya explicada, y si no lo está siempre hay gente voluntariosa con ganas de ayudar. Es increíble la cantidad y calidad de soporte que hay para un sistema usado por tan poca gente, todo hecho por voluntarios altruistas. Si no hubiera sido por toda la ayuda que encontré en blogs sobre Linux, seguramente no hubiera durado tanto usándolo. A esto se me puede decir: «pues vaya rollo, yo puedo usar Windows desde el principio sin tener que mirar ningún foro», y es verdad, pero también es posible con las distribuciones mayoritarias de Linux, que vienen con todos los programas necesarios para un usuario básico (no como Windows, que sólo trae Microsoft Office de prueba y basura del fabricante del PC). Pero si uno se pone a trastear con su sistema y a leer sobre el mismo, como yo, la experiencia de uso mejora mucho, ya que el nivel de personalización alcanzable es altísima.

Hablando de personalización y trasteo, estos me llevaron a cambiar varias veces mi sistema operativo: después de un par de meses usando Ubuntu original le instalé una interfaz de escritorio distinta (sí, se puede hacer tal cosa): GNOME 3, que es la que sigo usando a día de hoy. No me quiero ir mucho por las ramas, ya que ya escribiré otro artículo sobre interfaces de escritorio, pero GNOME me parece la mejor interfaz de escritorio PC que he visto jamás: no es una copia de la interfaz de Windows, como muchas otras interfaces de Linux, tiene ideas muy originales y es muy eficiente para trabajar rápido y con gran cantidad de ventanas abiertas. Por GNOME me pasé a Fedora (creo que unos 5 meses después de instalarme Ubuntu por primera vez, en septiembre), otra distribución muy popular que trae GNOME 3 de serie y actualiza a las versiones nuevas de los programas y el núcleo del sistema mucho más rápido que las otras distribuciones, razón por la que según algunos es más inestable, aunque yo la noté igual o más estable que Ubuntu en los 2 meses que la estuve usando.

Aquí debería mencionar otra de las características distintivas de Linux, a riesgo de extenderme demasiado, pero es algo que me gusta bastante. Lo haré grosso modo (que me perdonen los expertos en Linux si cometo alguna inexactitud): en Windows, como sabréis, la forma de actualización de cada programa depende del mismo programa. Algunos incorporan un sistema automático para buscar actualizaciones en el servidor del fabricante y preguntarte si quieres instalarlas cada vez que inicias el programa, otros tienen un subprograma que se inicia al arrancar el sistema y busca actualizaciones, en otros tienes que ir a la página del fabricante y bajarte la actualización manualmente…Por el contrario, en Linux la inmensa mayoría de programas se actualizan centralmente. Existen unas cosas llamadas repositorios, que son servidores donde los desarrolladores del programa suben las actualizaciones del mismo. Cada distribución tiene un repositorio oficial, donde se cuelgan cientos de programas básicos, populares o útiles, y que han sido verificados por los desarrolladores de la distribución y tienen asegurado el soporte por el mismo tiempo que el de la distribución. Al estar la mayoría de los programas que querrás instalar en este repositorio oficial, basta conocer su nombre para instalarlo. Por ejemplo, si quisiera instalar en Ubuntu la suite de ofimática LibreOffice, bastaría con abrir una terminal y escribir: sudo apt-get install libreoffice (para los que esto le suene a chino, sudo es la orden para ejecutar como administrador el programa apt-get, que gestiona otros programas). Si un programa no está en el repositorio oficial, también se puede instalar, añadiendo primero la dirección del repositorio de su desarrollador. Periódicamente, el sistema, y no cada programa por su cuenta, revisará los repositorios de todos los programas instalados y si encuentra alguna actualización la actualizará automáticamente.

Después de esta digresión, termino con mi historia. Después de estar dos meses con Fedora volví a Ubuntu, a través de una variante de la distribución original: Ubuntu GNOME, un proyecto nuevo que trae GNOME de serie, perfectamente integrado. Es el que uso y recomiendo actualmente, y en cuyo proceso de instalación centraré un artículo próximamente.

Durante todo este tiempo, sólo he echado de menos a Windows para una cosa: los juegos. Quizás esta sea la mayor desventaja de usar Linux (aunque no sea culpa suya). Para casi cualquier programa de Windows hay una alternativa libre y gratuita de igual o mejor calidad: en vez de Microsoft Office tenemos LibreOffice, en vez de Photoshop, Gimp, en vez de Illustrator, InkScape…Pero si el fabricante de un juego no saca versión para Linux, no se puede hacer mucho. Aun así, existe un programa llamado Wine que sirve para ejecutar programas de Windows en Linux, y que funciona con muchos juegos, aunque no todos. Gracias a él, ahora mismo no uso Windows ni para jugar, pero sigo teniéndolo instalado por si en el futuro me da por jugar a algún juego que no funcione con Wine. Sólo por eso.

Durante este artículo he comparado mucho Windows con Linux, algo de lo que generalmente estoy en contra: creo que Linux no debe defenderse de forma negativa (“debes usarlo porque Windows es peor”) sino que hay que defender todas sus ventajas sobre los otros sistemas, que es razón suficiente para hacer el cambio. Pero como el propósito de este artículo era didáctico, he pensado que lo mejor sería comparar con aquello que la mayoría de usuarios están acostumbrados a manejar.

Para enumerar todas las ventajas de Linux quizás necesitaría otro artículo, pero como colofón voy a destacar dos. Muchas de las otras ya os sonarán: es más rápido, es más seguro (aunque aquí debería aclarar que no es sólo porque nadie se moleste en crear virus para un sistema minoritario, sino también porque al estar todo el código a disposición de la comunidad los agujeros de seguridad son detectados mucho más rápido), la facilidad de personalización y adaptación al gusto personal (que es por lo que me he extendido contando los cambios que di entre Fedora y Ubuntu), la actualización centralizada de los programas…

Pero las dos ventajas que me gustaría señalar no tienen que ver con la tecnología, sino con la ideología (aquí viene la parte donde me meo fuera del tiesto y descubrimos que ni siquiera la informática es independiente de la ideología). Ambas están relacionadas íntimamente entre si: la comunidad y el software libre. De este mundo dominado por el capitalismo, que provoca pobreza y muerte a cada segundo, es imposible escapar. Necesitamos participar de él para poder sobrevivir y relacionarnos con las personas que conocemos, esto es, para tener una vida plena en la cultura en la que hemos nacido. Criticar al comunista porque bebe Coca-Cola es absurdo ya que la única acción coherente sería impensable: coger un hatillo, abandonar a todas las personas amadas y vivir como un ermitaño en el bosque. La única solución satisfactoria pasaría por derrocar totalmente al sistema.

Sin embargo, mientras eso llega hay ciertos parches que podemos aplicar. Y la informática es una de las pocas áreas de nuestra vida corriente en la que podemos ser totalmente libres e independientes del capitalismo. Esto no es baladí, dado el gran y creciente impacto que tiene la tecnología en nuestras vidas. Al usar software libre, creado por una comunidad procedente de cualquier lugar del mundo (por ejemplo, los desarolladores de Ubuntu son ingleses, y los de GNOME mejicanos), sin intereses económicos, simplemente hecho por personas para personas, podemos estar seguros de que no estamos apoyando a ninguna gran empresa o gobierno extranjero. Por cierto, esto, junto con el argumento del ahorro económico, también es una razón para que las administraciones públicas abandonen Windows (cuyas licencias cuestan millones de euros al año) por Linux.

En definitiva, mi consejo para todos aquellos a los que os interese mínimamente la informática y la tecnología: probad Linux durante 30 días, no os arrepentiréis. En próximas entradas trataré de compartir lo poco que he aprendido por el camino, por si sirve de ayuda.

Termino contando el significado de la palabra africana «Ubuntu», que se podría traducir como “Soy porque nosotros somos”. En palabras de Desmond Tutu:

«Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazado cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está seguro de sí mismo ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos.»